Autora

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Gloria Mateo Grima





lunes, 14 de febrero de 2011

So acaso os preguntan

domingo, 9 de enero de 2011

Y Dios también lloró (Dedicado a todas las mujeres maltratadas)


Sus ojos imploraban tu mirada cálida,

sus labios te buscaban para encontrar amor,

pero sólo tu sexo era el que respondía,

frío, como el dolor.



Y se entregaba toda dejándote su vida,

más allá de los ratos locos de la pasión,

cuando, después del fuego, su alma sonreía,

creyendo una ilusión.



Y así, caminó errante a tu lado, cohibida,

entre sollozos quedos, preguntándole a Dios:

"¿Verdad que sí me quiere...?"

Y Dios también lloró.



Se entregó,

tú negaste.

Ella amó,

tú agrediste.

Te suplicó

y reíste.


 NUNCA LE DISTE AMOR.



G.M.G.

lunes, 20 de diciembre de 2010

No sé cuándo será...ni si será siquiera...


No sé cuándo será, no sé en qué tiempo,
ni si será siquiera,
cuando resurja el sol tras la neblina
como un espadachín que venza
al malvado del tiempo que ha pasado.


Mientras tanto:
chabolos en el alma, compartimentos sórdidos,
carceleros de alas de mariposa,
que pisan cualquier sueño
desde la embriaguez de muchas borracheras
de noches sin luz.

No sé cuándo será, no sé en qué tiempo,
ni si será siquiera,
el roce de alguna melodía sin estridencias.


G.M.G.
.



Y así vamos los dos...





Y vamos caminando hacia el futuro,

mis sueños en tus sueños,

navegando....

Es mucho más hermoso el amor,

es más pausado.

Con la serenidad del agua que ha fluido

y que se ha detenido en un remanso,

con la sinceridad que muestra el tiempo

y la experiencia de los años.

Con esa sed de que brillen los ojos

en los que nos miramos.

Así vamos los dos,

sin prisas,

sólo galopa el corazón.

Ya ves, nos ha bastado

el roce de las manos.


G.M.G.

Vestida de luna





No quería que asfixiaran sus sueños. La vida había sido poco generosa pero ella todavía la retaba. ¡¿Qué se había creído?! Aún le quedaba algo de desafío. Sin embargo, no eran tantos los momentos en los que se rebelaba. La mochila iba más llena de guijarros afilados que de guantes de seda. Como seguramente o más estaría la de muchos. Pero aún quedaban huecos que hacían que no se quedara pasiva y saliera al encuentro de sensaciones. Dentro de sus posibilidades, seleccionaría las más ricas: las que pudieran sacarle una sonrisa de complacencia.

Por eso esperaba la noche. Aunque el día estuviera plagado de voces a su alrededor ocultaban soledad y silencios, de la misma manera como envuelven las penumbras, cuando aparentemente sólo se contempla la luz de la luna y es escucha levemente el latir del corazón.

Las primeras horas de la noche extendían su embrujo y las buscaba.

No tenía mucho tiempo. Morfeo la vencería pronto. Siempre había sido como las alondras, aunque tuviera ojos de búho. Era necesario, pues, aprovechar. Así que se dejó caer sobre la cama y cerró los ojos. No, no dormía. Simplemente se dejaba llevar por la imaginación. Comenzaba a vivir. Era la hora mágica. Pero no la de cenicienta. Ya no tenía los 18 años y quizá había perdido demasiados zapatos sin ningún príncipe que los encontrara o con alguno que los había utilizado como armas arrojadizas.


Y se vio pisando un escenario, con tacones finos y un traje elegante. Coqueta, risueña y firme. Tenía dominio y seguridad. Era la protagonista de aquella obra. Su voz resonaba sin necesidad de micrófono. Se hizo el silencio. No tuvo que ensayar el papel. Se lo sabía porque era ella misma. Empezó a hablar sola, pero no era un monólogo. Todo su discurso iba dirigido a alguien invisible que la escuchaba. Al final, después de palabras a veces suaves y otras enérgicas, su mano se alargó acariciando el aire. Era la ternura de una despedida hacia un rostro y el agradecimiento por un cariño. Una mueca de complicidad y de ternura. Finalizó la actuación.

Salió del escenario. Rápidamente se despojó del traje con el que había interpretado la función y se dirigió a un estudio de radio. Se acomodó los cascos y escuchó la música que la volvía a introducir, de nuevo, en un mundo mágico.
Comenzaba el programa, Silencio. El piloto rojo indicaba que estaba en el aire. La respiración contenida. Y su voz, acompañada de gestos que los escuchantes no veían, contestaba a las preguntas que le hacían al otro lado a veces preñadas de tristeza y de miserias e injusticias. En definitiva, de cuerpos que escuchaban también el desgarro de su interior. Sólo era media hora. Pero intensamente vivida. ¿Habría hecho brotar algún manantial de serenidad? No lo sabía, pero lo deseaba.

De nuevo corrió por el pasillo, esta vez tenía que llegar al estudio de cine en el que interpretaba un papel secundario. Ya no podía hacer de jovencita que cautivaba al más atractivo del guión. Se maquilló y se metió en el alma del personaje que le habían asignado. Aunque es cierto que le permitieron elegir. Todo lo permitían. Lloraba, reía y, sobre todo, se sentía plena.

Luego cogió su maletín lleno de técnicas de sosiego y energía. Tenía que hacer un último papel. Quizá el más difícil. El que la llevaba a los bajos fondos de los que necesitan un poco de calor en algunas escarchas parásitas que no se derretían. Tal vez debido a sinsabores y falta de afectos en sus infancias. Demasiadas circunstancias vividas como desfavorables habían surcado sus vidas de cicatrices profundas o mal cerradas que se abrían en carne viva.

Siempre la habían tachado de mujer dura, pero no le importaba. Los que la conocían sabían bien que era cálida y traviesa. A pesar de su voz casi autoritaria (hacía honor a los de su tierra), era como una niña que busca guiños de complicidad. Era conocedora de que esa dureza aparente no significaba nada más que el vestido de batalla. Ése que tenía que llevar por el día, porque si no los depredadores le darían zarpazos y la destrozarían. Alguien que la conoció muy bien, el director de su máster, le dijo que era como un gato que de día tenía que subirse a su tejado por un tiempo. Al menos por el tiempo que durara el peligro. Si bajaba, los depredadores se la comerían. Y tenía razón. Sí, señor Aguado, usted tenía razón, como siempre. Igual que cuando le decía que estaba falta de arrumacos. Lo malo es que ese tiempo se está dilatado demasiado.

Se acercaba el momento. Ya la llamaban a su puerta con unos golpes pesados.

Estaba feliz, pero extenuada. Demasiadas sensaciones y emociones vividas…Sin embargo, merecían la pena.

Por aquella jornada, ya había tenido bastante. Era una dosis de ensueño antes de que las cortinas de sus pestañas indicaran que el sueño la rendía.

La noche siguiente, y la otra y la otra, se volvería a burlar de la vida viviendo muchas otras con su imaginación. Aquellas que elegía porque le gustaban, porque era ella misma.

¡Chisssssss!, no la despierten. Tiene que descansar en la noche. A la siguiente debe despojarse de nuevo de su vestimenta de batalla, bajar del tejado y volver a ponerse el hermoso vestido de luna que alguien le regaló con un soplo, quizá cuando bebió la primera bocanada de aire para volver a vivir.
G.M.G.

Relato: "El rubio"






Entró por el portón a la plaza del pueblo en fiestas y buscó a su grupo de amigas pero no las encontró. Ya llegarían. Siempre lo hacían.

La gente bailaba al son de la música. Luces y guirnaldas vestían de destellos especiales la noche de Morés, en la ribera del Jalón. Al fondo, un grupo de “maletillas” departía amigablemente, entre risas, mirando a las chicas. Eran los que buscarían, tras un pase a una vaquilla, unas pesetas para poder seguir su rumbo hacia oportunidades de ser toreros, durmiendo en los pajares y lavándose la ropa en los lavaderos.

Sintió su mirada y los dos supieron desde ese momento que algo especial les estaba sucediendo. Era rubio y con el pelo rizado. Nada que ver con el perfil de los demás compañeros de fatigas. Con un ligero parecido a Paul Newman.

Se levantó del pilón en el que permanecía sentado, separado un poco de los demás y fue hacia ella. La invitó a bailar y la cogió suavemente de la mano. No hubo palabras de asentimiento, no fueron necesarias; simplemente percibieron los dos el contacto acariclante del roce de sus mejillas . La respiración contenida y, sólo, de vez en cuando, separaban sus caras para mirarse. Todo se lo decían sin decir. Era la magia de una noche de Mayo. Dos sentimientos al mismo compás

Al día siguiente, por la tarde, las vaquillas placeadas iban haciendo acto de presencia de una en una en la plaza. Desde una especie de burladero que habían preparado en la puerta de la casa de sus abuelos paternos, contemplaba como él, con buenas maneras, daba unos capotazos y después la buscaba con la mirada satisfecho. Nada más que decir, ya estaba todo dicho.

Acabaron las fiestas. Ella volvió a la ciudad y él se marchó. No se dieron ninguna dirección.


Una mañana, poco tiempo después, sonó el timbre de su casa, en Zaragoza. Era él. Después de marcharse del pueblo donde se conocieron,  al volver de su viaje a Madrid donde se marchó en su deambular, decidió buscarla. Alguien le dijo dónde podría encontrarla.
Se vieron y hablaron. Le comentó que al escuchar la canción de 'Anduriña" se acordaba de ella.


A partir de entonces, intercambiaron encuentros,  cartas tarjetas: “Mañana toreo un novillo en Estella y me han cogido tanto cariño esta gente que me quedaré aquí por unos días, pero estoy deseando de volver a verte. Te quiero”

Los encuentros rezumaban ternura y la pasión limpia de aquellos tiempos. Lo escuchaba rasgueando una guitarra en algún atardecer de un verano. No era un maletilla al uso. Tenía clase, era una persona culta. Se llamaba Jesús y sus compañeros, al referirse a él le decían "Rubio". Nunca habló de su familia. Sólo que procedía de Murcia.


Aquel mundo alternativo de escapadas para verse, aquellos ojos que un día se fundieron para ser unos, se fueron disipando como se escapa entre los dedos el agua clara que se quiere beber a borbotones cuando acucia la sed.

El tiempo, ese traicionero, se llevó demasiadas fiestas con ausencias de ambos. Ella lo buscó, preguntó por él pueblo y en el mundillo torero. Sí, ha vuelto a su tierra, le dijeron. Fue a hacer la mili en Aviación.


Y en las noches, cuando su cuerpo siente el deseo de una piel junto a la suya para fundirse en ella, ha tenido muchos hijos de él con su pensamiento. De vez en cuando sueña y se pregunta qué habrá sido de su vida.

Es mejor así -se dice como consuelo-. Quizá si lo supiera, se perdería todo lo hermoso que guarda de los instantes del que había sido su gran amor.



Glory Mateo G.
(Él la llamaba Glory)


"Manuela" (Dedicado a la mujer que más influyó en mi vida: mi abuela"





Cazuelas del color del odio,

delantales con brío de aire,

suelos hartos de ti.



Y tú.....

frotas la furia,

lees ensueños,

miras espejos

tan viejos.....

G.M.G.