Ese
mediodía de finales de Julio, el calor se dejaba notar sin clemencia,
pero a mí no me afectaba: nunca me ha dolido el calor. Acababa de
salir del trabajo y opté por caminar hacia mi domicilio sin utilizar el
autobús urbano, a pesar de mis altos tacones y del bolso colgado al hombro . Conocía bien el trayecto: la mitad de él bastante
transitado, no así la segunda parte.
Al
llegar a la altura del cruce con la primera calle, un chico de menos
de 20 años (deduzco, no lo sé con certeza), se posicionó a mi
lado, esperando que el semáforo nos diera vía libre. Vestido con
una camiseta blanca y unas bermudas de color fucsia, sin nada en las manos, su aspecto era el del
frescor limpio de un adolescente. No hubo nada de él que me llamara
la atención ni que me sobresaltara. Simplemente, un viandante más.
La
avenida era más bien cuesta abajo. Yo, por supuesto, iba a buen
ritmo, pero como no soy alta, mis pasos eran cortos; el sonido de mis
tacones se amortiguaba con el de los coches.
Iba acompañada por pensamientos, que ese día en especial, por motivos familiares, confluían en una especie de preocupación: las próximas vacaciones
no iban a ser realmente agradables.
Al
llegar a la intersección con la siguiente calle, volví a coincidir con el chico. Me
extrañó: él caminaba con pasos más amplios que los míos y, por ende, hubiera tenido que llevarme ventaja e ir, al menos, otro
cruce más adelantado al mío.
Observé
que me miró, pero su mirada no me transmitió ninguna
intención maliciosa, aunque sí el que redujera el ritmo para seguir más o
menos mi misma altura. En ese momento fue cuando comencé a analizar
su comportamiento: me resultaba raro.
-¿Por qué quería ir a mi paso y no al suyo?
Lo pensé, pero no me preocupé. No lo conocía de nada, Nunca lo
había visto.
Soy
persona que raras veces siente miedo; respeto, sí, pero miedo a situaciones extrañas o de riesgo, no. (Es una emoción que se me
aposenta en otras áreas más relacionadas con los afectos). Así que,
a pesar de percatarme de esa anomalía de su compás casi al mismo
son que el mío, seguí sin darle importancia. Entendía que si
hubiera estado interesado en quitarme el bolso, lo hubiera podido
hacer con gran facilidad y escapar a toda velocidad. No lo hubiera
podido alcanzar, ni siquiera corriendo descalza.
Mi
recorrido consistía en un ángulo más o menos recto: al llegar a
otra avenida, yo tenía que doblar la esquina para completarlo en
otra dirección. Proseguí. Llegué a la intersección con la calle
que definitivamente me conduciría a casa y esperé a que el semáforo
me diera libertad para cruzar. Me olvidé del muchacho totalmente.
Pero en la breve espera, algo ocurrió dentro de mí: me sentí
observada (éste es un fenómeno que había estudiado en Psicología).
Volví la cabeza y, ¡oh sorpresa!: ahí estaba él, dentro de una cabina telefónica; por supuesto, sin hacer amago de llevar a cabo ninguna llamada, tratando, supongo, de averiguar qué dirección cogía yo. No me lo quedé
mirando, simplemente lo vi.
Pero, a partir de ese momento sí que me di cuenta realmente de que me estaba siguiendo. No sabía el
porqué. No obstante, la idea de continuar el siguiente tramo caminando la cambié.
Me dije a mí misma:
-Amigo,
vamos a ver qué es lo que quieres. Te voy a echar un pulso. Había gente alrededor: nada que temer.
Crucé
de nuevo, pero esta vez en la misma dirección que llevaba
anteriormente, en lugar de la que hubiera sido procedente. Era
evidente que me estaba alejando de mi domicilio al desviarme del recorrido habitual.
Miré
por el rabillo del ojo y pude ver cómo él salió de la cabina y
continuó detrás de mí. No le importó el que me percatara de su acción.
Urdí inmediatamente una estrategia: subir a un autobús en la primera parada que
encontrara y que me acercara hacia el centro de la ciudad. Allí ya
me encargaría de coger alguno que me condujera de nuevo hacia mi domicilio.
No se me ocurrió pensar en lo que podría suceder.
Así
lo hice. No me senté, a pesar de que había asientos vacíos. Me
dediqué a ver qué demonios iba a hacer el chico. Con sorpresa, como
si estuviera viviendo una escena de una película, comprobé cómo
comenzó a correr como un desesperado detrás del autobús. Al llegar a cada nueva parada
en la que nos deteníamos, él descansaba
un poco y volvía a iniciar la carrera. Así una y otra vez, al menos
durante quince minutos: yo en el bus y él corriendo detrás. Era evidente que no llevaba dinero para un billete.
El sudor empapaba su frente y mi curiosidad iba en aumento. Por unos momentos pensé que era algo surrealista lo que me estaba pasando y que no podía ser verdad.
El sudor empapaba su frente y mi curiosidad iba en aumento. Por unos momentos pensé que era algo surrealista lo que me estaba pasando y que no podía ser verdad.
Elaboré
otro plan: si yo llegaba al centro de la ciudad y él se hubiera
cansado ya de su maratón, podría coger un autobús de vuelta. Pero no
sabía si eso ocurriría así. Mientras tanto, mi asombro iba en
aumento. No entendía nada.
En
una parada, antes de que yo pudiera hacer transbordo, al arrancar de
nuevo mi bus sin que me bajara, él apretó los puños, los sacudió con fuerza y furia en el
aire y hacia el suelo. Su rabia era evidente. Dio media vuelta y comenzó a volver sobre sus pasos, lentamente, como muy cansado.
Aproveché.
Hice el cambio de bus. Tuve la precaución de sentarme en los
asientos situados más lejos de la acera por la que estaba haciendo el recorrido inverso al llevado a cabo anteriormente.
Llegué
a casa tarde. Se lo conté a mi hijo. Le dije que no se lo comentara a
su padre.
Yo sabía lo que tenía que hacer: hablaría con la policía narrándoles los hechos. Así lo hice y me aconsejaron que al menos durante dos semanas no fuera a pie a casa, sino en el autobús.
Yo sabía lo que tenía que hacer: hablaría con la policía narrándoles los hechos. Así lo hice y me aconsejaron que al menos durante dos semanas no fuera a pie a casa, sino en el autobús.
Pero
mi hijo, desoyendo mis palabras, se lo contó a su padre, quizá temiendo que pudiera ocurrirme algo. Al día
siguiente me vinieron a buscar los dos, en el coche, a la puerta del
trabajo con la esperanza de que lo volviera a ver.
Me
dijeron que caminara y mientras ellos me seguirían con el coche
lentamente.
-No
me ha hecho nada -les advertí. Solo me ha seguido. Además, tampoco
sé si lo reconocería, -dije para que quitaran importancia al
asunto.
Ese
día no lo vimos.
Al
siguiente, se presentó de nuevo mi marido a buscarme . Esta vez solo. Subí al coche. Al
poco rato, apareció ante mi vista, con sorpresa, el mismo muchacho, con la misma camiseta y las mismas
bermudas. Iba andando tranquilamente por la avenida.
Mi marido, dando un volantazo brusco, dobló una esquina y se bajó del
coche. Consiguió seguirlo a pie y saber en qué casa entraba.
En
ese momento sí que sentí miedo. No quería que hubiera ninguna
pelea y desconocía qué iba a ocurrir. Nunca me ha gustado que nadie se tome la justicia por su mano y las consecuencias que ello puede generar.
Mi
situación familiar no era agradable, como ya he explicado anteriormente.
Cuando mi
marido volvió al coche me dio simplemente la dirección de dónde
había entrado el chaval. Luego, en casa, se la comunicó también a nuestro hijo. Lo hizo -le
dijo-. por si ocurría algo, ya que él, esa noche, comenzaba unas
largas vacaciones sin nosotros.
Así acabó la historia. No volví a ver a mi perseguidor, a pesar de que desde mi trabajo a su casa no había demasiada distancia.
Sinceramente,
nunca sé qué motivos llevaron a ese chico a seguirme.
Lo
narro, tal cual ocurrió. Que cada cual saque sus propias
conclusiones.
En
alguna ocasión, en el centro penitenciario en el que he trabajado, lo
he comentado con los internos. Una sonrisa aparecía en sus caras. Yo, sin embargo, no tengo tan claro que respondiera a la realidad.
Gloria Mateo Grima
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y a otras que entran a visitar mi blog. Si me olvido de algunas, les pido perdón.
Gracias, de verdad.
Gloria
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